Marzo marca el fin de las vacaciones y el inicio de un nuevo año escolar, un período que para muchas familias combina entusiasmo y estrés. Mientras algunos estudiantes esperan reencontrarse con sus compañeros y comenzar nuevos aprendizajes, otros enfrentan el regreso a clases con nerviosismo, temor e incluso síntomas físicos asociados a la ansiedad.
El retorno a clases marca uno de los hitos más relevantes del año para las familias. Tras semanas de mayor flexibilidad en horarios, descanso y dinámicas cotidianas, el fin de las vacaciones exige retomar estructuras, responsabilidades académicas y adaptación social.
La transición no es menor: cambios en el ciclo escolar, nuevos profesores, expectativas académicas y sociales, o experiencias escolares previas negativas pueden transformar este proceso en una etapa especialmente desafiante, que puede activar temores e inseguridades. En algunos casos, el malestar se manifiesta con dolores de cabeza o estómago, problemas para dormir, irritabilidad o rechazo a asistir al colegio.
Si bien cierto nivel de nerviosismo es considerado normal, los expertos advierten que cuando estos síntomas son intensos, persistentes o interfieren en la vida cotidiana, es importante prestar atención y buscar orientación. La psicóloga infantojuvenil de Grupo Cetep, Sandra Arancibia, explica que el regreso a clases implica un proceso adaptativo complejo. “Volver a la rutina escolar no es solo retomar contenidos académicos; es reorganizar el mundo interno frente a nuevas demandas. Cuando los niños no cuentan con herramientas emocionales suficientes o vienen de experiencias previas negativas, la ansiedad puede intensificarse”.
La especialista señala que cierto nivel de ansiedad es esperable. “La ansiedad, en niveles moderados, cumple una función adaptativa: nos prepara para enfrentar desafíos. El problema aparece cuando la intensidad supera la capacidad de regulación del niño o adolescente y comienza a interferir en su funcionamiento diario. El impacto puede ser mayor cuando existen antecedentes de dificultades emocionales, como ansiedad de separación o depresión, o cuando el menor ha vivido experiencias escolares negativas; en esos casos, el regreso puede vivirse como una amenaza más que como una oportunidad, por lo que el acompañamiento adulto es clave”, sostiene.
¿Por qué marzo puede ser especialmente desafiante?
Entre los factores que pueden detonar mayor malestar se encuentran la incertidumbre frente a lo desconocido, el miedo al fracaso académico, las dificultades para retomar hábitos de estudio y sueño, y la presión social por encajar o pertenecer.
Arancibia agrega que en consulta es frecuente observar que la sintomatología se expresa a través del cuerpo. “En la infancia, la ansiedad muchas veces se manifiesta como dolor abdominal, cefaleas o alteraciones del sueño. No siempre verbalizan ‘tengo miedo’, sino que lo comunican desde lo físico o conductual”, explica. También pueden aparecer irritabilidad, llanto frecuente, resistencia marcada a asistir al colegio o cambios abruptos en el apetito. “Cuando vemos que el malestar es persistente, desproporcionado o limita significativamente la asistencia escolar y la interacción social, es momento de evaluar apoyo profesional”, enfatiza.
El rol de la familia en la regulación emocional
La especialista subraya que el acompañamiento adulto es determinante en esta etapa. “Los niños regulan sus emociones en vínculo con los adultos. Si el entorno responde con validación, contención y estructura, es más probable que logren adaptarse de manera saludable”, sostiene
En ese sentido, recomienda anticipar la rutina con algunos días de gradualidad en los horarios, involucrar a los hijos en la organización de útiles y espacios de estudio, y generar instancias de conversación genuina. “No se trata de minimizar lo que sienten con frases como ‘no es para tanto’, sino de legitimar la emoción y transmitir seguridad: ‘entiendo que estés nervioso y estoy aquí para acompañarte’”, ejemplifica.
Asimismo, la psicóloga advierte que el estrés de los adultos también influye. “Marzo es un mes exigente económicamente y laboralmente. Si los cuidadores están sobrepasados, esa tensión se transmite. La regulación emocional comienza por nosotros”.
¿Cuándo consultar?
Si los síntomas físicos y emocionales se prolongan por varios días o semanas, interfieren en el sueño, el rendimiento académico o la interacción social, es recomendable buscar orientación en salud mental y coordinarse con el establecimiento educacional para generar una red de apoyo.
“No intervenir a tiempo puede afectar la autoestima y la percepción de autoeficacia del niño. Si la experiencia escolar se instala como algo amenazante, eso puede tener consecuencias a mediano y largo plazo”, concluye la psicóloga.














