Recientemente la Ministra de la Mujer y de la Equidad de Género, Antonia Orellana, afirmó en CHV que Camila Sepúlveda, ex pareja del jugador de Colo-Colo, Jordhy Thompson y quien lo acusó de femicidio frustrado, habría dicho “muy claramente que ella no quiere seguir con el juicio, que ha sido mucha la exposición y que, además, se siente defraudada”.
La mujer desmintió a Orellana rápidamente, agregando que los dichos la exponen aún más a todo el odio que ya ha recibido en redes sociales. Sin embargo, la situación lejos de quedar zanjada, continuó con la autoridad responsabilizando a la prensa que trabaja en turnos navideños de farandulizar el caso y ser los culpables del mal entendido.
Es preocupante que una Ministra de Estado tenga tan poca rigurosidad para referirse tan segura y equívocamente -a la vez- al deseo de una víctima. No es necesario tener un profundo conocimiento victimológico para entender el daño que sus dichos podrían ocasionarle, dando una señal errada ante tantas otras jóvenes y mujeres que han sufrido este tipo de abusos.
Es claro que los tipos de victimización que prosiguen a aquella traumática, derivada de los episodios de violencia, pueden producir daños adicionales que profundizan el perjuicio ejercido. La victimización secundaria, por ejemplo, aquella practicada por los sistemas y servicios con los que la víctima debe involucrarse por el proceso de denuncia, y, además, la victimización invisible, derivada de la exposición en los medios y del juicio público, que cuestiona los hechos denunciados, son factores agravantes del daño primario sufrido.
Lamentablemente, las afirmaciones de Orellana demostrarían un desconocimiento de la realidad que viven estas mujeres, lo que es más grave aún, considerando la naturaleza de su Ministerio. Es una equivocada señal para miles de víctimas de violencia intrafamiliar y otros delitos asociados, que con dolor incesante guardan esperanza de resarcimiento judicial y comprensión social. O, lo que es peor, se debaten entre denunciar o no, porque carecen de confianza en un sistema que continúa fallándoles.
Aquí, claramente, el error no responde a las competencias de los turnos de prensa, sino a lo que sería un problemas de la Ministra para comunicar de manera clara, simple y rigurosa. Más valdría asumir la responsabilidad en los dichos equívocos que perder credibilidad, porque el éxito de un sistema democrático depende de la confianza de sus electores.
La respuesta de Orellana, desviando la responsabilidad hacia otros, podría constituir un ejemplo de la falta de transparencia y el mal entendimiento del que pedir disculpas aminora los logros y capacidades. En una era en que los discursos, promesas y acciones políticas están disponibles para todas y para todos, a través de las R.R.S.S., es aconsejable que las autoridades comiencen a reconocer sus errores, implícitamente evolucionando a una mejora de éstos, incentivando la seguridad de la ciudadanía que, de otra forma, se siente traicionada por quienes deberían conocer las expectativas del país que dirigen.
Marcela del Sol-Hallett
Perfiladora Criminal, Co Creadora Proyecto 360 Prevención Criminal













