Las conversaciones familiares, los límites y los hábitos cotidianos influyen en cómo los niños entienden el dinero. Enseñarles a administrarlo no requiere grandes lecciones, sino empezar por revisar lo que los adultos transmitimos.
Por Paola Schiaffino, especialista en bienestar financiero
Los niños escuchan mucho más de lo que creemos. A veces, basta una frase que repetimos casi sin pensar “no nos alcanza”, “el dinero cuesta mucho ganarlo” o “de eso se preocupan los grandes”, para que empiecen a construir una idea sobre la plata. Y no solo por lo que les decimos. También miran cómo compramos, cómo reaccionamos cuando hay una deuda o qué hacemos cuando aparece un gasto inesperado.
La relación con el dinero empieza bastante antes del primer sueldo. Se forma en casa, en situaciones cotidianas que parecen pequeñas, pero que pueden dejar huella. Eso no significa que una frase determine el futuro financiero de un niño. Sí puede convertirse, con el tiempo, en una creencia que repita sin cuestionarla.
Si crecimos escuchando que hablar de plata es incómodo, quizás nos cueste abordar el tema con nuestros hijos. Si el dinero siempre estuvo asociado a discusiones o angustia, podemos transmitir esa preocupación incluso cuando intentamos protegerlos. La buena noticia es que estos patrones se pueden revisar. No se trata de culpar a los padres por lo aprendido, sino de reconocer qué queremos transmitir de aquí en adelante.
En Chile, la educación financiera sigue siendo un desafío. La Encuesta Financiera de Hogares 2024 del Banco Central mostró que solo el 18% de los hogares respondió correctamente preguntas básicas sobre interés compuesto, inflación y diversificación del riesgo. Aunque estos datos no permiten sacar conclusiones sobre lo que se enseña en la infancia, sí nos recuerdan que necesitamos desarrollar estas herramientas mucho antes de enfrentarnos a decisiones financieras complejas.
¿Y por dónde empezar? Por lo cotidiano. Cuando un niño pide algo que no podemos comprar, podemos explicarle que ese gasto no está dentro de las prioridades del mes y que habrá que planificarlo. Es distinto de responder simplemente “no hay plata”, porque le permite entender que administrar recursos implica elegir.
La mesada también puede ser una oportunidad. Si ayudamos a los niños a decidir cuánto gastar y cuánto guardar para una meta, aprenderán que el dinero no desaparece mágicamente ni alcanza para todo al mismo tiempo. Se aprende haciendo, equivocándose y volviendo a intentarlo. No necesitamos convertir cada conversación en una clase de finanzas. Tampoco trasladarles preocupaciones que corresponden a los adultos. Lo importante es abrir espacios para preguntar, explicar y acompañar. Al final, educar financieramente no consiste solo en enseñar a ahorrar. También es ayudar a entender que el dinero es una herramienta, que tiene límites y que nuestras decisiones importan. Y ese aprendizaje comienza bastante antes de que llegue la primera remuneración.














