Columna de opinión — Alejandro Garib Mussa, Director Ejecutivo de Beitek Ingeniería
Cada cierto tiempo, después de un sismo fuerte, me llegan los mismos mensajes: fotos de un edificio moviéndose, videos de lámparas balanceándose, la pregunta inevitable de un amigo o un periodista sobre si “esto es normal”. Y la respuesta, casi siempre, es sí. Que un edificio se mueva con un terremoto de magnitud 7 no es una falla, es el diseño funcionando exactamente como debe.
Llevo más de veinte años calculando y revisando estructuras en Chile, principalmente en minería, energía e industria, y esta pregunta —por qué no nos caemos— sigue siendo, a mi juicio, uno de los temas peor explicados de la ingeniería estructural al público general. Quiero intentar aclararlo desde mi propia experiencia de oficina y de terreno.
No copiamos la norma de nadie
Algo que repito seguido en conversaciones con clientes y colegas es que la norma sísmica chilena no es una traducción de un código extranjero. La NCh433, que este año fue oficializada en su versión NCh433:2026 mediante el Decreto Exento N.°28 del Ministerio de Vivienda y Urbanismo, sucede al Decreto Supremo N.°61 de 2011 y a la NCh433 modificada en 2009, que a su vez nació de las lecciones del terremoto del 27 de febrero de 2010.
Para el mundo industrial y minero, que es donde Beitek pasa la mayor parte de su tiempo, la referencia es la NCh2369, actualizada en su versión 2025 y oficializada en marzo de 2026. Ambas comparten algo que valoro profundamente como ingeniero: los espectros de diseño se calculan a partir de la sismicidad real registrada en Chile, no de un modelo importado. La física es la misma en todo el mundo, pero las deformaciones que le exigimos a una estructura chilena reflejan terremotos chilenos.
Zona, suelo y categoría: el diagnóstico antes del cálculo
Antes de dimensionar una sola columna, todo proyecto que pasa por nuestra oficina se clasifica en tres variables que definen el resto del cálculo:
- Zona sísmica: el país se divide en tres zonas de amenaza distinta.
- Tipo de suelo de fundación: con cinco categorías, porque un mismo sismo se amplifica de forma muy distinta en roca que en un suelo blando.
- Categoría de la edificación: según qué tan crítico es que siga operativa después del sismo —no es lo mismo un hospital que una bodega.
De esas tres decisiones sale el espectro de diseño: la exigencia sísmica concreta que la estructura debe soportar. Cuando alguien me pregunta “¿está bien calculado este edificio?”, en realidad me está preguntando si estas tres variables se levantaron correctamente desde el principio. Ahí empiezan la mayoría de los problemas, no en la fórmula final.
El objetivo no es que no se mueva, es que se mueva bien
Si hay una idea que me gustaría que la gente se llevara de esta columna es esta: un edificio “a prueba de terremotos” no es uno que no se mueve, es uno que se deforma de manera controlada y sigue de pie. Tres principios sostienen esa idea en cada proyecto que revisamos:
- Ductilidad: detallamos el hormigón armado y el acero para que se deformen plásticamente antes de romperse, evitando fallas frágiles y súbitas.
- Límites de deriva de entrepiso: la norma restringe cuánto puede desplazarse lateralmente un piso respecto al de abajo. Pasarse de ese límite no solo compromete la estructura, también daña tabiques, fachadas e instalaciones.
- Redundancia: un buen diseño nunca depende de un único elemento resistente. Si un muro se ve exigido más allá de lo previsto, otros deben poder tomar esa carga.
En Chile, el sistema de muros de hormigón armado —predominante en edificios residenciales y de oficinas de altura media y alta— mantiene esencialmente los mismos requisitos de diseño de los últimos catorce o quince años, y no es casualidad: es un sistema que ha demostrado su comportamiento sísmico terremoto tras terremoto.
Donde el cálculo se encuentra con la obra
Esto me lleva a lo que más me preocupa como ingeniero estructural, más que la norma misma: ningún cálculo, por riguroso que sea, sirve si no se ejecuta correctamente en terreno. Ya lo escribí en una columna anterior después de visitar una obra que habíamos calculado en Beitek: le pregunté al encargado por un detalle específico del hormigonado y su respuesta fue “cuando se hormigonó, yo no estaba”. Esa frase resume un problema que veo con más frecuencia de la que quisiera: proyectos bien diseñados que pierden parte de su seguridad en la ejecución, por falta de supervisión.
Por eso insisto en que la norma sísmica es solo una parte de la ecuación. La revisión independiente de proyectos estructurales, la inspección técnica de obra y la firma de un ingeniero civil estructural responsable existen precisamente para cerrar esa brecha entre lo calculado y lo construido.
Una norma que se actualiza sin perder el rumbo
La NCh433:2026 y la NCh2369:2025 no cambian de forma radical la manera en que hemos diseñado en Chile en la última década y media. Ordenan criterios que estaban dispersos entre decretos y versiones anteriores, incorporan sistemas constructivos nuevos —como el acero conformado en frío— y afinan requisitos para materialidades que antes no estaban explícitamente cubiertas.
Ese, en el fondo, es el motivo real por el que un edificio nuevo no se cae con un terremoto de magnitud 7: no depende de un solo factor, sino de una cadena que empieza en décadas de datos sísmicos propios, sigue en un diseño que privilegia la ductilidad y la redundancia, y termina en una obra donde alguien —con nombre y responsabilidad profesional— estuvo presente cuando se hormigonó.
Alejandro Garib Mussa es ingeniero civil estructural y Director Ejecutivo de Beitek Ingeniería (beitek.cl), oficina especializada en proyectos de minería, energía e industria con más de 20 años de experiencia en Chile y el extranjero.













